En el salón de bodas, todo parecía perfecto: luces de cristal colgando del techo, mesas blancas decoradas con flores, invitados elegantemente vestidos. Pero bajo esa fachada de celebración, se escondía una tormenta emocional que estalló cuando el novio, vestido con un traje verde oscuro y gafas, comenzó a gritarle al fotógrafo, un joven con chaleco amarillo y rostro ensangrentado, arrodillado en el suelo. La novia, con su vestido blanco bordado y corona de perlas, miraba con ojos llenos de lágrimas, incapaz de moverse, mientras una mujer mayor la sostenía del brazo como si temiera que se desmayara. El fotógrafo, aunque herido, no bajó la mirada; sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y determinación, como si estuviera grabando cada segundo de esa humillación para usarlo después como prueba o venganza. Los invitados, algunos con copas de vino en mano, observaban con expresiones entre sorprendidas y divertidas, como si esto fuera parte del entretenimiento de la boda. La tensión era palpable: el novio apuntaba con el dedo, gritaba, incluso tomó la cámara del fotógrafo y la arrojó al suelo, rompiéndola. Pero el fotógrafo, en lugar de rendirse, se levantó con dificultad, recogió la cámara rota y la apuntó hacia el novio, como diciendo: