Mientras ella llora en la acera, él está en otra cama, con otra mujer. En Bajo el poder del padrino, el contraste duele más que los gritos. Ella llama, él ignora. Ella suplica, él sonríe. ¿Quién gana? Nadie. Solo queda el eco de un amor traicionado.
Él le ofrece billetes como si fueran disculpas. En Bajo el poder del padrino, ese gesto duele más que un golpe. Ella no quiere dinero, quiere verdad. Pero él solo sabe comprar silencios. La lluvia lava su vestido, pero no su vergüenza.
Ella entra en lencería púrpura, él la mira como si fuera su reina. En Bajo el poder del padrino, la comparación es cruel. Una llora en la calle, otra sonríe en la cama. ¿Quién es la verdadera víctima? Ambas. Él es el verdugo con sonrisa de galán.
Cuando él rompe la botella, no es rabia, es rendición. En Bajo el poder del padrino, ese sonido es el fin de todo. Ella cae al suelo, él se aleja. La lluvia no limpia, solo moja. Y las lágrimas... ya nadie las cuenta.
Suena el teléfono. Ella llama. Él no contesta. En Bajo el poder del padrino, ese silencio es más fuerte que cualquier grito. Mientras ella se desmorona, él elige otra. ¿Amor? No. Solo poder. Y ella, la perdedora.